LA VERDAD DEL EVANGELIO EL AMOR:
LA BASE DE TODO
por J.W. JEPSON
Reservados todos los derechos, incluyendo el derecho de otorgar el siguiente permiso y de prohibir el abuso del mismo. El Autor concede permiso para reproducir parcialmente o en su totalidad el texto de este libro siempre y cuando no se haga ningún cambio o alteración*, se incluya el nombre del autor, y se mantenga la información de los derechos de autor. Este permiso es exclusivamente otorgado cuando la reproducción sea con propósitos de ministerio y sin fines de lucro. *Se confiere el permiso de publicar fragmentos y versiones resumidas.
Capítulo 1: Un hombre extraordinario
Capítulo 2: Los principios no cambian
Capítulo 3: Hay alguien al frente de todo
Capítulo 4: ¿En qué lugar cuadro yo?
Capítulo 5: ¿Para qué vale la pena vivir en realidad?
Capítulo 6: No Podemos Marchar en direcciones opuestas al mismo tiempo
Capítulo 7: Hablemos del amor
Capítulo 8: El yo puede ser una palabra ofensiva
Capítulo 9: Todos nos dirigimos hacia algún lugar
Capítulo 10: No le eschemos toda la culpa a Adán
Capítulo 11: Dios acudió a rescatarnos
Capítulo 12: Necesitamos un cambio
Capítulo 1 Un hombre extraordinario
En el pequeño pueblo fronterizo de Adams, en el occidente de Nueva York, un joven abogado caminaba de un lado para otro en su oficina. Estaba preocupado, profundamente preocupado.
Afuera, los árboles cambiaban su color verde de verano por el rojo, el dorado y el castaño del otoño. El aire tenía un filo penetrante en aquella mañana de octubre. Todas las señales de la naturaleza indicaban claramente que el año llegaba a su fin. Pronto, el año 1821 habría pasado a la historia.
Sin embargo, la atención de Charles G. Finney aquel día no estaba concentrada en las condiciones meteorológicas ni en la época del año. Las cuestiones que lo perturbaban tan profundamente, se relacionaban con cosas que se hallan más allá del tiempo.
Dejó de pasearse y se volvió a sentar para leer un libro que estaba abierto sobre su escritorio. Finney había cumplido recientemente los 29 años de edad. Durante 26, le había prestado poca atención a la Biblia, pero eso fue antes de comenzar a estudiar derecho.
Al notar que los antiguos autores de derecho apelaban frecuentemente a las Escrituras, Finney decidió conseguirse una Biblia y leer personalmente los pasajes que se citaban en los textos de derecho.
Mientras tanto, comenzó a asistir a la iglesia presbiteriana local. Allí oyó la predicación del reverendo George W. Gale, pastor que había recibido su formación en Princeton.
Gradualmente llegó a estar consciente de la tremenda importancia que tienen los asuntos eternos. Lo abrumaba una fuerte convicción de pecado. Esta situación mental duró algún tiempo, y hubo ocasiones en que llegó a ser casi insoportable. Finalmente, el domingo 7 de octubre por la noche, decidió buscar sin más dilación la salvación de su alma.
Llegó el lunes, y luego el martes. Su angustia aumentó. Oraba y leía la Biblia. Cada vez que oía que alguien se acercaba a la oficina, tiraba sus libros de derecho de Blackstone sobre la Biblia, para que el visitante no se diera cuenta de que la había estado leyendo.
El martes por la noche, los nervios de Finney estaban a punto de ceder ante la presión de su conflicto espiritual, pero logró resistir toda la noche.
A la mañana siguiente se levantó temprano y salió hacia la oficina. Cuando iba llegando, lo detuvo una voz interna con la siguiente pregunta: "¿Qué estás esperando?"
De pronto se dio cuenta, allí de pie en medio de la calle, de que la salvación no viene por medio de nuestras propias obras, sino a través de la obrra que Cristo consumó a favor nuestro, aceptada como don gratuito de Dios.
"¿La aceptarás hoy? ¿Ahora mismo?", resonó la pregunta en la mente de Finney.
"¡Sí, la aceptaré hoy, o moriré en el intento!" respondió.
Tímidamente, caminó hacia los bosques situados al norte del pueblo. Cuando se halló fuera de la vista de la aldea, trató de orar. Pero a cada instante le parecía oír que alguien se acercaba.
Entonces lo comprendío todo: era demasiado orgulloso para que lo vieran orando. Le daba vergüenza que lo vieran de rodillas haciendo las paces con Dios. Al comprender su orgullo pecaminoso, gritó que no abandonaría aquel lugar, aunque todo el mundo lo viera.
Finney se había quebrantado delante del Señor. Pronto recordó la promesa de Jeremías 29:13: ". . . y me buscaréis y me hallaréis, porque me buscaréis de todo vuestro corazón." Inmediatamente se apropió de esta promesa por fe. Dios no puede mentir; así que decidió en ese momento y en ese lugar confiar en su Palabra.
A medida que le vinieron a la mente otras promesas de las Escrituras, su corazón las fue recibiendo. Pronto lo sintió repleto; la angustia había desaparecido: tenía paz con Dios.
Esa noche, Dios lo bautizó en el Espíritu Santo en una forma poderosa. Finney describe esa experiencia de la siguiente manera:
. . . El Espíritu Santo descendió sobre mí de tal manera que parecía pasar a través de mi cuerpo y de mi alma. Sentía la impresión, que pasaba a través de mí como una onda eléctrica. En realidad parecía como si me estuvieran penetrando una y otra vez unas ondas de amor líquido; no sabría expresarlo de otra forma. Parecía como si fuera el mismo aliento de Dios. Puedo recordar claramente que parecía como si me estuvieran abanicando unas alas inmensas.No hay palabras que puedan expresar el maravilloso amor que se derramó abundantemente en mi corazón. Lloré con fuertes clamores, lleno de gozo y amor. Y no lo sé, pero debo decir que literalmente grité los indecibles sentimientos de mi corazón.1
A Finney le llegó de inmediato el llamamiento de Dios a predicar el Evangelio. Estaba seguro de ello, y deseaba cumplirlo.
Un incidente bien conocido demuestra cómo se sentía al respecto. Uno de los diáconos de la iglesia lo había contratado para que le sirviera de abogado en un litigio que tenía pendiente. En la mañana en que se iba a ventilar el caso en el tribunal, el diácono le recordó su compromiso. Finney le contestó: "Tengo un contrato con el Señor Jesucristo para defender su causa, así que no puedo defender la suya".2
La conversión de Finney y su testimonio a favor de Cristo tuvieron un profundo efecto en el pequeño pueblo. Algunos de sus amigos y socios más allegados se convirtieron casi de inmediato. En diversas ocasiones, se limitaba a decir unas pocas palabras acerca de su relación personal con Dios, y la persona se marchaba a los bosques y buscaba a Dios para salvación.
Finney comenzó estudios teológicos bajo la dirección de su pastor, el reverendo Gale. Sin embarbo, la experiencia resultó frustrante, tanto para el maestro como para el alumno. El calvinismo exagerado era la teología popular de esos tiempos. Cuando el buen ministro trató de presentarle esos conceptos a Finney, su aguda mente analítica no pudo aceptarlos, ni como bíblicos, ni como lógicos.
Según él comprendía el asunto, el hombre tiene algo más que hacer en su conversión, que esperar pasivamente a que Dios lo cambie. El pecador tiene un libre albedrío. Es pecador por decisión propia. Mediante el ejercicio de su libre voluntad, puede arrepentirse de sus pecados y recibir a Jesucristo como su Salvador y Señor. Dios le ordena que haga esto ahora mismo.
Por amor, Dios está haciendo cuanto puede para persuadir al pecador de que cambie su propio corazón. Pero nunca lo obligará. El es totalmente responsable de ser pecador. Sus propios deseos lo tienen tan dominado, que no se arrepentirá a menos que el Espíritu Santo lo persuada poderosamente para que lo haga. La influencia divina está destinada a lograr que el pecador haga la decisión de someterse a Dios y creer el Evangelio, pero al pecador le toca hacer esa decisión.
Y así, armado con estas convicciones, y con el intenso amor hacia Dios y las almas que ardían profundamente en su interior, Charles Grandison Finney se dedicó a predicar el Evangelio.
Inicialmente, pensó que sólo estaba capacitado para hacer una obra de evangelización regional, entre los colonos de la frontera.
La estrategia de Finney en la predicación consistía en apelar a la razón: imprimir las afirmaciones de Cristo en la mente de sus oyentes. Sin embargo, sabía perfectamente bien que la persuasión no bastaría para ablandar la terquedad de los inconversos. Esta labor se la confiaba por completo al Espíritu Santo. Esa era la razón por la que oraba tanto y con tan gran fervor. Oraba con fe y por tanto, su oración era eficaz.
Las cosas comenzaron a suceder de inmediato. Cuando les hizo una invitación a los habitantes de Evans Mills, para que indicaran públicamente si querían aceptar a Cristo o rechazarlo, se quedaron atónitos. ¡Ningún predicador los había enfrentado jamás con una exigencia así! Se pusieron de pie airados y se marcharon de la casa donde estaban reunidos. Finney se fue a orar.
A la noche siguiente, el auditorio estaba atestado. Finney predicó una vez más. El predicador, dando por sentado que el día anterior ellos le habían indicado su intención de rechazar a Cristo, les presentó las consecuencias de su decisión. Muchos de sus oyentes se sintieron profundamente afligidos, al darse cuenta de su estado espiritual, y durante la noche, estas almas alarmadas estuvieron acudiendo a él en busca de ayuda. Estaban perdidos si no tenían paz con Dios, y lo habían llegado a comprender de pronto.
Las conversiones se multiplicaban. Los fuegos del avivamiento se extendieron a una pequeña aldea alemana (en Estados Unidos) llamada Antwerp; luego a Perch River, Brownville, Le Rayville, Governeur, DeKalb y Western. Algunas veces, era la comunidad casi entera la que se rendía al Señor Jesucristo. Algunas conversiones eran impresionantes. La conmoción aumentó a medida que el público fue despertando espiritual y moralmente. ¡El Espíritu estaba obrando poderosamente!
Un avivamiento de esa naturaleza no podía pasar inadvertido durante mucho tiempo. Pronto, las iglesias del este comenzaron a tener noticias acerca de los extraordinarios acontecimientos que estaban ocurriendo al oeste de Nueva York, sobre todo en el pueblo de Western. Cuando el avivamiento llegó a Western, la iglesia establecida en el este se dio cuenta de ello.
Las noticias se difundieron, y los relatos sobre lo que estaba ocurriendo, crecieron enormemente. Algunos relatos eran reales; otros habían sido deformados.
Como el clima teológico era extremadamente calvinista, era inevitable que surgieran fuertes objeciones. ¡Se les estaba diciendo a los pecadores que podían arrepentirse ahí mismo, si querían! ¡Se les estaba diciendo que ellos eran los que tenían la culpa de no ser cristianos! ¡Herejía! ¡Pelagianismo! ¡Salvación conseguida por sí mismo! ¡Emocionalismo!
¿No sabía acaso Finney que los pecadores no pueden hacer nada con respecto a su propia salvación? ¿No sabía que cada uno tiene que esperar pasivamente, a ver si Dios lo quiere regenerar, ante de poder saber si es elegido o no?
Sin embargo, no todas las reacciones eran negativas u hostiles. Algunos pastores influyentes que tenían sus iglesias en las cuidades principales, reconocieron que la predicación de Finney y sus métodos estaban dando en el mismo blanco.
Así fue como Finney fue invitado a Roma, Nueva York. Inmediatamente el poder de Dios se apoderó del pueblo. Los pecadores endurecidos fueron derribados bajo el impacto de su predicación. En todas las clases sociales, las personas fueron afectadas por igual. Los afanes egoistas fueron abandonados y la gente comenzó a buscar primeramente el reino de Dios y su justicia.
Entre tanto, en Utica, el espíritu de oración intercesora se apoderó de una cristiana influyente. La mundanalidad de la iglesia y el descuido de los pecadores la afligían profundamente. Pronto se enteró el pastor de la carga de oración que sentía, y reconoció que era obra de Dios. En la fe de que Dios estaba a punto de producir un avivamiento en Utica, mandó a llamar a Finney. Pronto llegó éste y comenzó a trabajar a favor de las almas. En pocas semanas, quinientas personas se convirtieron a Cristo.
Durante el avivamiento de Utica, el predicador fue invitado a visitar una hilandería situada a unos pocos kilometros al oeste de la ciudad. Aceptó ir a una aldea cercana para predicar allí por la noche, y luego llegar a la hilandería el día siguiente. Permitamos que el mismo Finney nos diga lo que ocurrió:
A la mañana siguiente, después del desayuno, fui a la hilandería, para echarle una mirada. Mientras la recorría, observé que había mucha agitación entre los que estaban ocupados trabajando en los telares, las máquinas de hilar y otros instrumentos de trabajo. Al pasar por una de las secciónes, donde había un gran número de chicas atendiendo sus tejidos, observé que un par de ellas me miraban y hablaban animadamente. Pude comprender que estaban muy agitadas, aunque las dos se rieron. Lentamente, me dirigí hacia ellas. Cuando vieron que yo me acercaba, se mostraron muy emocionadas. Una de ellas estaba tratando de atar una fibra qué se había roto, y observé que las manos le temblaban de tal modo qué no podía arreglarla. Me acerqué lentamente mirando a cada lado de la maquinaria mientras iba pasando, pero observé que esta joven se sentía cada vez más agitada, y no podía proseguir con su trabajo. Cuando estuve más o menos a unos dos metros de ella, la miré solemnemente. Ella se dio cuenta, se sintió vencida y hundida, y rompió a llorar. La impresión se difundió casi como la pólvora y en un instante, casi todos los que se hallaban en aquel sitio estaban llorando. Este sentimiento se difundió por toda la fábrica. El señor W., propietario del establecimiento, que estaba presente, cuando vio el estado de cosas, le dijo al superintendente: 'Detenga el telar, y permita que la gente atienda la religión, porque es más importante la salvación de nuestras almas que el funcionamiento de la fábrica'. De inmediato se cerró la puerta y la fábrica se detuvo, pero . . . ¿dónde podríamos reunirnos? El superintendente sugirió que la sala de las máquinas de hilar era grande: y arrinconándolas, nos podíamos reunir allí. Así lo hicimos, y pocas veces he asistido a un culto más lleno de poder que aquél. Se desarrolló en forma poderosa. El edificio era grande, y había mucha gente, desde el desván hasta el depósito. El avivamiento pasó por el telar con un poder asombroso, y en el curso de pocos días, casi todos los que trabajaban allí se habían convertido esperanzadamente, con optimismo.3
Mientras estaba en Utica, Finney se dio cuenta de la naturaleza y amplitud de la oposición que se estaba levantando en contra suya en la zona del este. Los informes que recibía, indicaban claramente que muchas de las objeciones en contra del avivamiento se basaban en una mala información. No obstante, se negó a apartar la atención de la obra que tenía entre manos, y les dejó a otros la tarea de refutar aquellas malas interpretaciones.
Como resultado del avivamiente de Roma y Utica en 1826, las iglesias presbiterianas del Presbiterio de Oneida recibieron tres mil conversos.
De Utica, Finney pasó a Auburn, Troy, New Lebanon, Stephentown, Wilmington y Filadelfia.
A pesar de una oposición bien organizada, dirigida por hombres influyentes, las ciudades más grandes del este comenzaron a abrirle los púlpitos. Los pastores que lo invitaban, tenían un amor de Dios y de las almas tan grande, que vencían las objeciones que tenían contra el hincapié que hacía Finney en el libre albedrío del hombre. Por eso Dios bendijo su actitud cristiana de amplitud de mente.
Más o menos durante año y medio, Finney cumplió su ministerio en Filadelfia con gran poder. Los resultados que se produjeron en la ciudad fueron más profundos y de mayor alcance. La mayor parte de la población era más instruida, e intelectualmente respondía mejor a la profunda lógica de los sermones de Finney, así que los resultados fueron más permanentes.
De Fildelfia, pasó a otras dos ciudades de Pensilvania: Reading y Lancaster. En ambras era urgente la necesidad de un avivamiento. Los que profesaban ser cristianos eran muy mundanos, y el público era muy descuidado con respecto a los asuntos eternos. Pero Dios bendijo su Palabra y ambas ciudades despertaron.
En 1830, Finney regresó al estado de Nueva York. Durante un breve período de avivamiento en Columbia, casi todos los habitantes del pueblo se convirtieron.
Luego, el famoso filántropo cristiano Anson G. Phelps lo invitó para que fuera a la ciudad de Nueva York. Phelps era una persona profundamente espiritual, al mismo tiempo que era sumamente próspero en los negocios. Puso tanto su persona como su bolsillo a disposición del avivamiento. Alquiló una iglesia que estaba desocupada en Vandewater Street y Finney comenzó a predicar allí. La gente se fue convirtiendo, y pronto se formó una congregación. Poco después, compró un templo que se hallaba en Prince Street, donde Finney y muchos de los que se habían convertido organizaron otra iglesia más.
En 1830, Finney recibió una invitación de Rochester, Nueva York, para trabajar allí en favor de las almas. No le parecía que Rochester fuera un campo muy prometedor para él. Más bien quería volver a la ciudad de Nueva York o a Filadelfia. El asunto lo mantuvo perplejo por algún tiempo. Finalmente comprendió que los problemas de Rochester constituían parte de la misma razón por la cual él debía ir allí, así que los Finney empacaron todo en baúles, y se marcharon para Rochester.
Su decisión resultó muy acertada. Se produjo un tremendo avivamiento. La mayoría de los líderes de la comunidad, incluso un buen número de abogados, se convirtieron.
Las noticias de lo sucedido en Rochester se difundieron por toda Nueva Inglaterra. Comenzaron a acudir personas procedentes de lejos y de cerca. El doctor Lyman Beecher, quien era el que había dirigido el primer movimiento de oposición contra Finney, le confesó posteriormente que como consecuencia de ese avivamiento, cien mil convertidos se agregaron a las iglesias en el espacio de un año. Se dice que la cárcel de Rochester permaneció vacía durante varios años.
Finney trabajó hasta agostarse en Rochester. Los médicos del lugar pensaron qué tenía "consunción" (tuberculosis) y que se estaba muriendo. Sus amigos le rogaban que descansara, pero en vez de descansar, regresó a Auburn. La invitación procedía de los mismos que habían dirigido la oposición cuando había estado allí la primera vez. En seis semanas se convirtieron quinientas personas. De Auburn se marchó a Búfalo, donde también el avivamiento produjo impacto en las clases influyentes.
En 1831, fue a Providencia, en el estado de Rhode Island, para predicar allí durante tres semanas. Luego, Boston le abrió sus puertas. Los pastores cooperaron ampliamente, y el avivamiento comenzó de inmediato. En aquellos momentos fue cuando Finney comprendió que estaba totalmente agotado a causa del intenso trabajo, y decidió aceptar una invitación de la Segunda Iglesia Presbiteriana Libre de la ciudad de Nueva York para trabajar de pastor. Es asombroso: tomar como descanso el trabajo pastoral en una iglesia de Nueva York.
Lewis Tappan y otros alquilaron un teatro de la Calle Chatham, y en abril de 1832, la familia Finney se mudó otra vez a la gran ciudad.
El avivamiento estalló, y también el cólera. El mismo Finney cayó víctima de esta enfermedad y pasó el invierno recuperándose, tanto de ella como de las primitivas prácticas médicas de aquellos tiempos. Finalmente pudo recuperarse y continuar su trabajo.
Le gente que trabajaba con el pastor Finney comprendía el poder de la página impresa. Pronto estuvieron ocupadas las imprentas y la literatura de avivamiento floreció en la ciudad de Nueva York, esparció su deleitosa fragancia por toda la nación, y atravesó el océano, llegando a Europa. El Evangelista, de Nueva York, comenzó a ser publicado como "órgano oficial" para la defensa y promoción de los avivamientos. Cuando se publicaron las Conferencias sobre avivamientos, de Finney, se vendieron doce mil copias tan pronto como salieron de la imprenta. Dondequiera que se leían y se aplicaban, se producía el avivamiento.
Finney se mudó al Tabernáculo situado en Broadway, y allí continuó su predicación.
Al mismo tiempo, en Ohio, al oeste, algo estaba ocurriendo. Un grupo de jóvenes qué estaban estudiando para el ministerio habían abandonado el Seminario Lane, por el hecho de que la dirección les había prohibido discutir sobre la esclavitud. Estos jóvenes estudiantes se dirigieron a Oberlin. En esos días, Oberlin no era más que un claro en medio del bosque, unas pocas viviendas, un plano para la contrucción de un colegio universitario y un solo edificio escolar. Estos estudiantes disidentes del Seminario Lane, la mayoría de los cuales se habían convertido con el ministerio de Finney, ahora querían estudiar para el ministerio bajo la dirección del gran predicador en persona, aunque eso significara "pasar trabajos" en barracas en medio de aquellos parajes aislados.
Llamaron a Finney para que acudiera a Oberlin. ¿Qué debía hacer? Después de luchar con el asunto durante algún tiempo, decidió pasar sus veranos enseñando en Oberlin. Arthur Tappan, un próspero comerciante, le abrió su gran corazón y le ofreció recursos abundantes para sostener el proyecto hasta donde fuera necesario. Esto sucedió antes de que la depresión de 1837 lo llevara a la ruina. En el verano de 1835, Finney llevó a su familia a Oberlin, y con ella, una carpa de 30 metros de diámetro.
No obstante, aceptó la invitación con dos condiciones: (1) habría completa libertad académica para discutir la esclavitud; y (2) no habría discriminación racial.
Se difundió la noticia de que Finney iba a establecerse en Oberlin. Muchos otros estudiantes hicieron su solicitud de ingreso, y cuando comenzaron las clases, había cerca de un centenar de ansiosos jóvenes presentes. En los años siguientes, muchos jóvenes recibieron su educación teológica y su preparación para el ministerio cristiano bajo la dirección de Charles G. Finney. Oberlin creció, y Finney también. Su influencia se expandió a través de sus estudiantes, su predicación y sus escritos.
En 1842 regresó a Rochester, donde en un culto, un grupo de abogados se levantó espontáneamente y pasó al frente en bloque para aceptar a Cristo como Salvador.
La serie de avivamientos, conversiones y victorias continuó su marcha. Finney trabajaba con ardor: enseñaba en Oberlin, pastoreaba la Primera Iglesia de Oberlin, dirigía reuniones de avivamiento en los Estados Unidos y en Inglaterra y escribía abundantemente. En 1857 y 1858, un gran avivamiento se extendió por todo el norte de los Estados Unidos. Brotaron cultos de oración desde Omaha hasta Boston. Durante el momento de mayor auge, se convertían unas cincuenta mil personas por semana.
En algunas de las ciudades donde la influencia de Finney había sido más grande, la mayoría de la población adulta estaba compuesta por cristianos nacidos de nuevo. En algunas aldeas de los alrededores de Boston, no se podía hallar ni un solo pecador.
Finney continuó sus labores según se lo permitía la salud, hasta su muerte, que tuvo lugar en las primeras horas de la mañana del 16 de agosto de 1875, cuando ya casi tenía 83 años de edad.
En 50 años de ministerio, Charles G. Finney ganó aproximadamente medio millón de personas para el Señor Jesucristo. Se han escrito volúmenes acerca de su vida y su ministerio, del tiempo durante el cual ejerció dicho ministerio, y de la gran influencia que tuvo en el siglo XIX en los Estados Unidos, todavía podrían escribirse más volúmenes.
Sin embargo, nuestra principal preocupación consiste en averiguar qué era lo que Finney creía y predicaba, y que producía un efecto tan poderoso en sus oyentes, especialmente en los auditorios más educados e inteligentes. No nos interesan los sermones en sí, sino los profundos principios y la filosofía sobre los cuales estaban basados.
¿Cuáles eran los claros conceptos bíblicos que presentaba Finney con una lógica tan apremiante que lograba el apoyo pleno del Espíritu Santo? ¿Cuáles eran los grandes principios que les eran tan profundamente inspirados a los nuevos convertidos, que la mayoría de ellos se mantenían fieles al Señor Jesuscristo y se transformaban en obreros eficaces de la iglesia?
Sí, Finney fue un hombre de una fe y una oración muy profundas. Pero así han sido otros, y han logrado resultados menos impresionantes. También es cierto que tuvo muchos ayudantes, pero otros también los han tenido.
Pudiera decirse mucho acerca de los factores sociales y políticos del momento, y con respecto a la naturaleza de la joven nación. No obstante, nada de esto explica las diferencias del ministerio de Finney en cuanto a su calidad.
¿Dijo algo nuevo y significativo? ¿Presentó algunos principios que son válidos en toda época, y que la sociedad en general y la iglesia en particular necesitan conocer desesperademente en el día de hoy?
Muchos creemos que sí.
En 1846, Finney escribió su obra más importante. La tituló Conferencias sobre teología sistemática. Esta declaración de principios llevada a la práctica, fue la que produjo tales resultados.
¿Tenemos acceso a esos principios hoy?
Afortunadamente, sí, aunque por alguna razón los hemos descuidado. Este descuido es una de las tragedias de nuestro tiempo.
Por supuesto que a la gente le gusta hablar acerca de la gran vida de Finney y de los avivamientos. Sin embargo, no son muchos los que están dispuestos a estudiar su teología con mente abierta para descubrir la razón real: la verdad lógica y bíblica que liberó a tantas personas.
El ministerio dinámico de Charles G. Finney es una elocuente demostración práctica de los principios que se establecen en su Teología. De igual modo, su Teología fluyó del intelecto gigante y del noble corazón de este principe de los ganadores de almas. Finney no fue ni un lógico frío, ni un teólogo muerto: su ministerio lo demuestra.
Así que, cuando un hombre que ganó medio millón de almas para Cristo nos dice cuáles son los principios básicos, debemos examinar esos principios con sumo cuidado.
Eso es lo que vamos a hacer conjuntamente a continuación.
Capítulo 2 Los principios no cambian
Nunca olvidaré un día en que estuve en la oficina de graduados de una Universidad Estatal de Oregón, conversando con el decano de la escuela. Yo acababa de graduarme y estábamos discutiendo acerca de mi formación posterior.
Al poco rato de estar hablando, el decano se inclinó hacia adelante y con una sonrisa pusilánime me dijo: "De todos modos, la verdad no existe."
Como única réplica, le dirigí una sonrisa que manifestaba mi desacuerdo.
Sólo fue un momento de la conversación, pero no lo olvidaré nunca.
¿Por qué?
Porque la actitud del decano parece representar el dilema de nuestra vacilante sociedad.
Cuando se trata de los asuntos fundamentales, ¿hay alguna cosa auténticamente verdadera? ¿Podemos agarrarnos a algo sólido y decir con firmeza: "Esto es real"? ¿O sólo son relativos todos los postulados, las ideas, las premisas y los principios? ¿La moralidad es sólo el consenso social de un momento? ¿Es la doctrina cristiana en el mejor de los casos, mera tradición, y en el peor, pura superstición?
Preguntemos esto en otros términos equivalentes: ¿Existen principios absolutos?
Estas son las preguntas que se están haciendo muchas personas que piensan. Y bien deben hacérselas, porque lo que está en juego es el significado de la vida misma.
Algo que está en lo profundo del intelecto humano nos dice que los principios absolutos tienen que existir. Tienen que estar en alguna parte. El hombre no puede vivir sin ellos sin perder su cordura, ni los demás elementos distintivos de su humanidad. La razón exige que haya principios absolutos, porque éstos lo integran todo. Sin ellos, todo estaría en un estado de desintegración.
El hombre que piensa, se mira a sí mismo, mira a su mundo y dice: "Todo debiera tener sentido; debiera estar lleno de significado. Todos los elementos están presentes". Lo único que le falta es hallar los principios absolutos, para que el caos se convierta en cosmos. Tiene que haber una esencia, una realidad fundamental, un conjunto subyacente de verdades y principios inmutables.
¿Entonces, hacia dónde mirar? ¿Hacia la filosofía, la ética o la religión en sus definiciones más amplias? El hombre moderno lo ha hecho, pero muy a menudo ha encontrado disonancias en vez de armonía.
El hombre occidental se dedica a la tecnología. En las ciencias físicas, las cosas están regidas por "leyes" practicables, pronosticables, armoniosas. Pero saber el "cómo" no es un sustituto del conocimiento del "porqué". El hombre tiene que conocer ese porqué, y ninguna suma de conocimientos sobre el "cómo" puede ofrecerle la respuesta.
Buscando a tientas para hallar la salida de este dilema, muchos occidentales están experimentando con la parasicología, el ocultismo y la metafísica de las religiones orientales. Rechazan el materialismo plástico, y esperan hallar principios universales inmutables en lo preternatural, o dentro de su propia mente y sus emociones. Pero para aquéllos que rechazan la realidad y la finalidad del Dios que se reveló de manera autorizada y personal en la Biblia, pocas cosas pueden ser más vagas que lo metafísico, o más cambiables que las emociones humanas. Al soltarse del ancla de la revelación cristiana, quedan a la deriva en las aguas tenebrosas y peligrosas de un mundo sobrenatural que no entienden, y del que no pueden escapar por su propia cuenta.
También está el epicúreo o hedonista. Esta es la persona que acepta las premisas del materialismo, y procede a escapar de la humanidad racional buscando el placer. Cree que es un animal carente de sentido y trata de vivir como tal. Es la filosofía de los parachoques de automóviles y los anuncios de cerveza: "Si te hace sentir bien, hazlo"; "Sólo se vive una vez". Así que vive, derrocha tu existencia en pasiones egoístas. La Biblia describe este estado como la filosofía del "come, bebe, regocíjate"; la filosofía del necio (vea Lucas 12:16-21).
Nosotros, en cambio, nos apartamos de estos engaños para adherirnos a algo que satisface las demandas tanto de la realidad como de la razón, a la vez que satisface también los anhelos del alma humana: los principios bíblicos.
LA LEY MORAL
Sabemos que el mundo físico opera en conformidad con leyes definidas. Si esto no fuera cierto, no hubiéramos podido colocar hombres en la Luna.
A muchos pudiera caerles, de sorpresa, sin embargo, saber que la moralidad también opera en conformidad con principios definidos: las leyes morales.
El laboratorio en que se observa la actuación de las leyes morales, no está equipado con tubos de ensayo, ni con mecheros Bunsen, ni con ejemplares embalsamados. En vez de todo ello, está poblado con personas reales, agentes morales que viven, se mueven, aman, sufren, luchan, esperan y algunas veces se regocijan.
Es cierto que hay quienes intentan explicar la conducta humana atribuyéndola a causas físicas solamente (células cerebrales, asociaciones de estímulo y respuesta). Sin embargo, los valores humanos y las acciones morales están mucho más allá de las consideraciones físicas.
Es verdad que la ley física y la ley moral operan en conjunto. Se afectan mutuamente. No obstante, están separadas, son distintas la una de la otra y operan en diferentes áreas. Esto tiene una importancia fundamental.
La ley física no rige la actuación moral, ni la ley moral gobierna directamente las acciones físicas. La ley moral gobierna a las personas que viven en el mundo de la sustancia, pero no gobierna a la sustancia misma. Gobierna la moralidad y las relaciones morales, incluso lo que las personas hacen con su mundo físico.
Recordemos, pues, que hay dos clases de leyes en acción: la ley física y la ley moral. La ley física es una "norma de acción"; en tanto que la ley moral es una "norma para la acción".
La ley física domina todo lo que no es inteligente, lo que es involuntario, incluso la materia y los estados y acciónes involuntarios de la mente. Todo está bajo la ley física, excepto el libre albedrío y lo que es causado por él. La ley física es la ley del orden automático, la necesidad y la fuerza. Es la ley de LA CAUSA Y EL EFECTO.
La ley moral es la que rige al libre albedrío y a todo lo que es causado por él. Es la ley de la inteligencia, de la libertad de la elección responsable. Opera mediante persuasión, y no mediante coerción. No fuerza, sino que le muestra a la inteligencia los valores que ha de elegir y las consecuencias de la libre elección. Esta es la única forma en que la ley moral y el gobierno moral tratan de guiar la libre elección. Esta se mueve de acuerdo con la motivación y gobierna mediante la razón.
Si un agente moral no quiere ser gobernado por la razón, pueden aplicársele restricciones externas para salvaguardar la sociedad. Sin embargo, en su sentido más estricto, la ley moral sólo opera en el área del libre albedrío. Cualquier cosa que no esté bajo la acción de la libre voluntad, o que no sea resultado de la misma, se halla bajo la ley física, y no bajo la ley moral. Es necesario tener esto siempre en mente.
Por ejemplo, José decide robarle el reloj a Guillermo. Maquina la manera de hacerlo. Espera el momento oportuno. Cuando éste llega, lleva a cabo su plan. Extiende la mano y toma el reloj. Rápidamente, los pies lo apartan de la escena del crimen y se pierde entre la multitud.
Ahora bien, ¿dónde se aplica directamente le ley moral en este caso? ¿En su excitación emocional mientras planificaba el robo? ¿En el movimiento de la mano para agarrar el reloj? ¿En la acción muscular del cuerpo cuando salía huyendo?
No.
¿Acaso la mano de José se extendió por su propia cuenta y agarró el reloj de Guillermo contra su voluntad? ¿Puede decir: "No sé qué hacer con esta mano ladrona que tengo, que siempre está hurtando cosas en contra de mi voluntad"?
Por supuesto que no. La mano de José no puede tomar nada, a menos que José quiera. Dicho esto en otros términos equivalentes, el pecado del robo ocurre en el corazón de José (decisión): no en su mano.
De modo que la ley moral se aplica directamente a las decisiones que encierra el hecho: en primer lugar, la decisión de cometer el acto y en segundo, las que exigen la realización del hecho, que son continuación de la primera. Los pensamientos, las emociones y las acciones físicas son resultados directos e indirectos que surgen necesariamente como consequencia de las decisiones. Estos resultados están regidos por una ley física: la "ley de la necesidad", la ley del orden automático. Sólo derivan su carácter moral de las decisiones; de la voluntad que los produjo.
En otras palabras, la culpa está en el corazón; es decir, en la voluntad, en la intención, en el propósito. Lo que está en el corazón es lo que se lleva a cabo en la vida. "Entonces la concupiscencia, después que ha concebido, da a luz el pecado; y el pecado, siendo consumado, da a luz la muerte" (Santiago 1:15). La concupiscencia, o deseo, concibe en el momento en que logra el consentimiento de la voluntad.
LOS ATRIBUTOS ESENCIALES DE LA LEY MORAL
La ley moral tiene varios atributos, o características permanentes. Examinémoslos en la forma en que Finney los enumeró:
1. Subjetividad. Hay, y tiene que haber, una idea de la razón que se desarrolla en la mente del sujeto.4Para ser un agente moral libre, el individuo tiene que tener algún discernimiento interno de lo bueno y lo malo. Esto significa que debe tener alguna compresión de los valores y en consecuencia, estar bajo la obligación moral personal de escoger esos valores. Este es el punto en que la conciencia comienza a operar, al llegar el "uso de razón".
2. Objetividad. La ley moral puede ser considerada como una norma de deber prescrita por el Legislador supremo y externa a la persona.5Como Dios es omnisciente e infinitamente sabio, sabe con certeza total lo que es beneficioso y lo que es perjudicial. Por tanto, como supremo Legislador, tiene el derecho y la obligación de revelar la norma del deber y mantenerla.
3. Libertad. El precepto . . . no puede poseer un elemento o atributo de fuerza en el sentido de que haga inevitable la conformidad de la voluntad con dicho precepto. Esto lo haría confundirse con la ley física.6No se puede forzar el amor. Este es voluntario por su misma naturaleza. Si la obediencia no es voluntaria; si no viene del corazón, no tiene nada de obediencia. Así sucede también con el pecado. No se puede obligar a nadie a pecar. Se puede persuadir, pero no se puede obligar. De modo que, aunque lo utilicemos, el termino "agente moral libre" es redundante, puesto que la elección moral es libre por su misma naturaleza. En su Prefacio, Finney declara:
Especialmente insisto en cuanto a las consecuencias lógicas de la admisión de estos dos principios: que la voluntad es libre, y que el pecado y la santidad son actos voluntarios de la mente.74. Idoneidad. Tiene que ser la ley de la naturaleza: esto es, su precepto debe prescribir y requerir sólo aquellas acciones de la voluntad que son convenientes a la naturaleza y a las relaciones de los seres morales; nada más, ni nada menos.8
La ley moral exige exactamente lo que requieren de manera natural la mayor gloria de Dios y nuestro supremo bien. La santidad es natural, beneficiosa, sana y razonable. El pecado es antinatural, perjudicial, desgarrador, disipador e irracional.
5. Universalidad. En condiciones y circunstancias iguales, requiere, y debe requerir de todos los agentes morales lo mismo, sea cual fuere el mundo en que se hallen.9La obligación moral de amar a Dios con todo el corazón, y al prójimo como a nosotros mismos se aplica en todas partes, en todas las naciones y culturas; en el cielo, en la tierra y en el infierno. El amor es la obligación universal. Si en ciertas culturas se permiten algunas violaciones con respecto al bien y al bienestar de los demás, no por ello se justifican, sean el robo, la inmoralidad, el asesinato o cualquier otro tipo de violación. Aun los miembros de las culturas que permiten tales cosas, saben que no quieren que se les haga a ellos lo que les parece culturalmente aceptable hacerlas a otros. Las palabras de Jesús son universales e inmutables: "Así que, todas las cosas que queráis que los hombres hagan con vosotros, así también haced vosotros con ellos; porque esto es la ley y los profetas" (Mateo 7:12).
6. Imparcialidad. La ley moral no hace acepción de personas. . . Exige lo mismo de todos. . . 10Así como la ley moral se aplica en todas partes, se aplica igualmente a todos los agentes morales. Si podemos percibir los valores; es decir, si tenemos razón y entendimiento, somos agentes morales responsables. No hay agente moral alguno que esté exento de la ley moral. Ninguno está por encima de la obligación de amar; ni siquiera el mismo Dios. En efecto, cuanto más grandes sean nuestra razón y nuestro entendimiento, tanto mayor es nuestra obligación moral de conformar todo nuestro ser a ellos. Mientras más clara sea nuestra comprensión de lo que es valioso para Dios y para los demás, mayor es nuestra responsabilidad de seguirlo por amor a El y por amor a los demás.
¡Qué bello es el amor de Dios! El tiene una inteligencia infinita, y un conocimiento perfecto de lo que es verdaderamente mejor para todos, y su gran corazón se conforma perfectamente a su inteligencia y a su conocimiento. Dios busca el bien supremo con un corazón perfecto. ¡Qué grandeza la de su santidad! ¡Qué perfección la de su personalidad!
7. Practicabilidad. Lo que el precepto exige tiene que ser posible para el sujeto. Aquello que exige una imposibilidad natural no es, y no puede ser, ley moral. . . . No tiene sentido hablar de incapacidad para el cumplimiento de la ley moral.11Todo lo que requiere la ley moral es posible. Recordemos que ésta se aplica al libre albedrío; a lo que podemos hacer cuando decidimos hacerlo. Lo que no podemos hacer cuando decidimos, está fuera de la jurisdicción de la ley moral y de la obligación moral.
La ley moral no puede exigir imposibilidades naturales porque nadie está moralmente obligado a realizarlas. Si Dios exige una imposibilidad natural, es porque su gracia y su poder lo harán posible. En ese caso, nuestra obligación moral es la de actuar con fe.
No existe la imposibilidad moral. La expresión "imposibilidad moral" es una contradicción de términos. Si hay algo que sea imposible, no puede exigirlo la ley moral. Si algo es moral, es porque la persona está obligada a hacerlo y puede hacerlo; de otro modo, no se clasificaría como moral.
La única imposibilidad es la siguiente: no podemos hacer lo que rehusamos hacer, así como sólo podemos hacer lo que decidimos hacer. Pero esta imposibilidad sólo se aplica a la acción externa; no al corazón. La negación es una elección deliberada. El pecador no puede vivir para Dios mientras se niegue a hacerlo. En esto consiste el pecado.
8. Independencia. Es una idea eterna y necesaria de la razón divina. Es la norma eterna y autoexistente de la conducta divina; la ley que la inteligencia de Dios prescribe para El mismo . . . Como ley, es totalmente independiente de su voluntad, en la misma forma en que lo es su propia existencia.12La voluntad de Dios siempre exige lo que la misma ley del amor ya exige, basada en los valores que imponen la obligación en sí mismos y por sí mismos.
Los intereses de Dios son infinitamente valiosos. Por esta razón, debo elegirlos como supremos. Tengo que amar a Dios por El mismo, y no sólo por consideración a su voluntad. Por supuesto, Dios quiere que lo amemos a El por encima de todas las cosas, y a los demás como a nosotros mismos. Pero debemos hacer esto por lo que Dios mismo es, y por lo que son los demás, y no sólo porque sea ésa su voluntad.
Esto hace que la voluntad de Dios sea muy preciosa, porque es la única manera en que podemos asegurar en forma adecuada estos intereses infinitamente valiosos. La voluntad de Dios es el medio necesario para llegar a su valioso fin, pero no es el fin en sí mismo. Volveremos a este tema posteriormente.
9. Inmutabilidad. La ley moral nunca puede cambiar, ni ser cambiada.13¿Qué es lo que exige la ley moral? "Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente. Este es el primero y grande mandamiento. Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos depende toda la ley y los profetas" (Mateo 22:37-40). La ley moral le exige ni más ni menos que esto a todo agente moral. Nadie puede hacer más, y moralmente, nadie puede hacer menos. Si un genio sufre un golpe en la cabeza y se convierte en un retardado mental, tiene menos mentalidad que antes, pero aún puede amar a Dios con todo lo que le queda. Simplemente, se nos exigirá responsabilidad en conformidad con el grado de iluminación moral que poseamos.
10. Unidad. La ley moral sólo les propone la búsqueda de un fin supremo. A Dios y a todos los agentes morales. Todas sus exigencias . . . se resumen en una palabra: amor, o benevolencia. La ley moral es la idea de la consagración perfecta, universal y constante de todo el ser al bien supremo de todo lo que existe.14La obediencia parcial a la ley moral es imposible. O amamos a Dios con todo el corazón y a nuestro prójimo como a nosotros mismos, o no los amamos. A menudo lo hacemos con un conocimiento y un entendimiento muy distantes de la perfección. Pero obedecemos con un corazón perfecto según el conocimiento que tenemos; de lo contrario, no obedecemos en absoluto. Jesús digo: "Ninguno puede servir a dos señores; porque o aborrecerá al uno y amará al otro, o estimará al uno y menospreciará al otro" (Mateo 6:24).
11. Oportunidad. Aquello que es lo más conveniente de todo, es oportuno. La ley moral exige lo que sea más oportuno. . . . Podía no estar de acuerdo con la letra, pero nunca con el espíritu de la ley moral. . . . Aquello que el supremo bien del universo exige claramente, es ley: es lo oportuno y lo más conveniente. De la misma manera, lo que sea claramente inconsecuente con el bien supremo del universo, es ilegal por no ser conveniente, ni oportuno, y debe ser prohibido por el espíritu de la ley moral. . . . Los preceptos bíblicos siempre revelan qué es lo que conviene verdaderamente, y en ningún caso tenemos la libertad de desechar el espíritu de un mandamiento, por suponer que las conveniencias así lo exigen. . . . Aquello que sea lo más oportuno, es bueno, y lo bueno es siempre lo más oportuno.15Oportuno es todo aquello que sea útil y beneficioso. La ley moral nunca exige lo irrazonable o perjudicial. Después de considerar todas las cosas, siempre exige lo mejor. Eso, y sólo eso, es lo único bueno.
Por ejemplo, el límite de velocidad fijado en una vía, es el que se considera mejor para todos los que transitan por ella. Por esa razón, estamos moralmente obligados a obedecerlo. Sin embargo, surgen las emergencias que nos colocan en la obligación moral de quebrantar dicho límite como cuando tenemos que llevar urgentemente a un paciente hacia el hospital, y no hay tiempo para llamar una ambulancia, porque los minutos cuentan en una carrera en la cual se arriesga una vida.
Esto no nos autoriza, sin embargo, a estar siempre haciendo nuestras propias interpretaciones personales de la ley. La mayor parte de las normas y los reglamentos fueron colocados en su lugar por personas que sabían lo que hacían, y no deben ser quebrantados, a menos que el bien supremo lo exija. No estamos presentando una moral que exija la situación. Podemos pasar por alto las leyes y los reglamentos temporales cuando las consideraciones morales claramente nos lo exijan, pero no podemos desobedecer los principios absolutos con el mismo pretexto. Como el bien supremo es inherente a los principios absolutos, la violación de éstos siempre lo destruye. Por tanto, afirmar que pudiera existir una situación en la que uno estaría moralmente obligado a pasar por alto los principios absolutos, es contradictorio y absurdo. Los principios absolutos siempre serán el marco de la ley y la obligación moral.
Las indicaciones que da la Biblia siempre constituyen el curso de acción más sabio y beneficioso en cualquier situación. Siempre son lo que el amor exige realmente.
12. Exclusividad. La ley moral es la única norma posible de obligación moral. . . . Es, y tiene que ser, la ley del amor, o de la benevolencia. Esta ley señala lo único correcto, y ninguna otra cosa lo es, ni puede serlo.16Toda ley válida tiene que ser expresión y aplicación de la ley moral. Como guía para las decisiones y las acciones de los seres morales, ninguna ley puede invalidar la ley moral, ni reemplazarla, ni siquiera coexistir con ella. La ley moral, esto es, la ley del amor, es la única norma legítima de conducta moral.
Ahora bien, ¿todo esto es sólo teórico o idealista? De ninguna manera. Es tan práctico e importante como comer o beber. En realidad, afecta a todos los aspectos de la vida, como pronto veremos.
Capítulo 3 Hay alguien al frente de todo
Cada nueva nave espacial que se envía para determinar si hay "vida" en alguna otra parte del universo, me hace recordar la historia del marinero que naufragó, fue empujado por las olas a una playa, y se pasó los primeros días vagando por la isla y gritando: "¡Holaaa! ¿Hay alguien aquí?"
Como el hombre moderno niega la existencia y la providencia de un Dios personal, comienza a sentirse terriblemente solo en el universo.
Afortunadamente, se han escrito y se seguirán escribiendo muchos libros sobre las abrumadoras evidencias de una actividad divina y unos planes específicos en la creación. Todos deberíamos conocer estas evidencias.
Mire a su alrededor. Lea. ¡Piense! Toda la complejidad y la intencionalidad que son evidentes en la naturaleza no pudieran haber ocurrido simplemente por la operación casual de fuerzas ciegas, sin inteligencia. Las posibilidades en contra alcanzan cifras astronómicas.
Hay alguien detrás de todo esto, y no está ocioso. ¡Tiene poder e inteligencia para crear un universo de unas dimensiones que dejan atónito y lo gobierna mediante leyes físicas asombrosas por su complejidad, precisión y seguridad! Y también gobierna moralmente su universo.
Dios todopoderoso tiene para su creación un propósito moral por sobre todo, y su gobierno moral es tan amplio, activo y benevolente como ese propósito. He aquí una buena definición de la naturaleza y el propósito del gobierno moral de Dios:
El gobierno moral de Dios consiste en la declaración y administración de la ley moral. Es el gobierno del libre albedrío a base de motivaciones, a diferencia del gobierno de la sustancia a base de fuerza. . . .17Todos sabemos cómo opera el control o gobierno físico. Empujamos un botón o halamos una palanca y una máquina, un circuito, o algún otro artefacto entra en operación. Le damos vuelta al volante y el carro gira. Pisamos el acelerador y el carro se mueve. Pisamos los frenos y se detiene.
Así es el control físico.
En cambio, el control moral opera de otro modo. Es posible que sepamos suficiente acerca de la naturaleza sicológica de las personas--aquello que las hace reaccionar--como para manipular sus emociones y conducta mediante ciertas palabras y acciones. Puede que una esposa consiga lo que quiera de su marido, a base de llorar. Pero con esto aún está siguiendo la ley del orden, una "ley de necesidad". No es una persuasión moral lograda apelando a la razón, sino una manipulación a base de la aplicación de una motivación externa (estímulo).
El gobierno moral opera basado en un principio completamente diferente. Trata de conseguir una obediencia voluntaria e inteligente a la ley moral mediante la motivación interna. Le presenta valores a la razón y le pide a la voluntad soberana de la persona que acepte esos valores y viva en conformidad con ellos. Es cierto que se usan las motivaciones externas (la estimulación de ciertas emociones, la promesa de recompensa y la amenaza de castigo) para hacer más fácil la elección de esos valores y disminuir el atractivo de las emociones y circunstancias contrarias, pero el gobierno moral es esencialmente un llamado a la razón, que lleva en sí mismo las consecuencias inherentes a la aceptación o el rechazo de ese mismo llamamiento.
Ya estamos en condiciones de hablar acerca de la razón de que exista el gobierno moral. Todo gobierno tiene que basarse en una razón válida. Si no es así, no tiene derecho de existir. Nadie tiene el derecho de ejercer autoridad sobre los demás, a menos que haya una base para ese derecho.
¿Descansa el gobierno moral sobre una base sólida? ¿Hay una razón obligatoria para que Dios le ejerza sobre su universo, e incluso sobre los habitantes de este planeta?
Claro que sí: el derecho de Dios a gobernar el corazón se basa en un fundamento muy sólido. Nunca tendremos un mundo en el que todos estén de acuerdo. Aunque todos fueran virtuosos y vivieran según la luz que poseen, no todos tendrían el mismo grando de luz o de conocimiento. Nada nos garantizaría que no terminaríamos por ir a la deriva en medio de la ignorancia. Por eso, necesitamos que alguien revele, establezca y sostenga una ley moral y un orden moral. Necesitamos un gobierno moral. Esta necesidad de que haya un gobierno moral es la base de su existencia.
La razón fundamental del gobierno moral, por tanto, es su necesidad como medio indispensable para lograr el sumo bien. Sin él, habría una desintegración moral. La anarquía moral resultante sería una catástrofe intolerable para todo el universo. ¿Quién querría vivir en una sociedad en la que el bienestar de sus miembros no sea mantenido mediante una apropiada autoridad moral adecuada?
De manera que necesitamos el gobierno moral para que se sostenga el orden moral para bien del universo.
Ahora bien, ¿quién tiene el derecho de gobernar? Obviamente, Aquel que esté mejor calificado para hacer el trabajo. Ese es Dios, por supuesto. Tenemos todas las razones para creer que Dios es el Gobernante moral del universo. ¿Un Dios de amor crearía seres necesitados de supervisión moral para luego irse y negarse a ofrecerles esa supervisión? Por supuesto que no. Todo lo que Dios hace demuestra a las claras su determinación de sostener el orden moral. El nos dio su Palabra, la Biblia, para mostrarnos el camino. Nos envió a su Hijo para que muriera por nosotros, a fin de salvarnos de nuestros pecados y de nuestra condición de pecadores. Ahora está aquí su Espíritu Santo, haciendo todo lo moralmente posible para mover a los corazones humanos hacia Dios y hacia la justicia; es decir, todo lo que no viole el libre albedrío del hombre.
Vemos claramente que la soberanía de Dios sobre el universo es justa y legítima. El gobierna porque nuestro bien lo requiere, y no solamente porque su poder le permite imponernos su autoridad.
Si Dios no nos amara, no se molestaría en dedicar sus energías infinitas a proporcionarnos con fidelidad el amplio y complejo gobierno moral que necesitamos tan desesperadamente. Pero lo cierto es que trabaja diligentemente para nuestro bien, aunque la mayoría de los habitantes de la Tierra estén en abierta rebelión contra un gobierno tan justo y benevolente. ¡Cuán grande es el amor de Dios! El es el único que está capacitado para gobernar el universo. Por esa razón, tiene el derecho y la obligación de gobernar.
¿Qué implica esto? Lo siguiente:A. . . .el deber u obligación de gobernar. En este caso, no puede haber derecho sin la correspondiente obligación, pues el derecho a gobernar se funda en la necesidad de un gobierno, y la necesidad de gobierno impone la obligación de gobernar.
B. . . .la obligación de obedecer por parte del súbdito. El gobernante no puede tener el derecho o el deber de gobernar, a menos que el súbdito tenga el deber de obedecer. El gobernante y los súbditos necesitan por igual el gobierno, como medio indispensable para promover el supremo bien.
C. . . .el derecho y el deber de dispensar las recompensas y los castigos necesarios. . . cada vez que el interés público lo demande. . . .
D. . . .la obligación tanto por parte del gobernante como de los gobernados . . . de hacer cualquier sacrificio personal y privado, exigido por el supremo bien publico. . . .
E. . . .el derecho y el deber de emplear toda fuerza indispensable para el mantenimiento del orden . . . y el sostenimiento de la supremacía de la ley moral. . . . Negar este derecho es negar el derecho a gobernar.18
Repetimos que el bien de todos depende del gobierno moral de Dios, y que El es fiel en su benevolente administración, siempre actúa buscando el sumo interés de sus criaturas.
¡Cuán bueno y razonable es obedecerle de corazón! ¡Cuán perverso e irrazonable es rebelarse de corazón contra su legítima autoridad sobre nuestra vida! La decisión egoísta del hombre, de ser independiente de la santa voluntad y del santo gobierno de Dios, es sumamente destructiva. El individuo que se niega a permitir que Dios gobierne sobre el trono de su corazón, es el peor enemigo de sí mismo, además de ser enemigo del supremo bien del universo.
EL LIMITE DEL DERECHO A GOBERNAR
Es importante definir el límite del derecho a gobernar.
Puesto que este derecho se basa en la necesidad de un gobierno, se deduce que no puede ir más allá de la necesidad.
Dios es el Creador, y el único capacitado para gobernar el universo que creó. Si no lo fuera, no tendría derecho a gobernar, por mucho que el universo lo necesitara. Por otra parte, no importa cuán capacitado esté Dios para gobernar: no tendría derecho, a menos que el universo necesitara ser gobernado. El hecho de que necesite ser gobernado es la base del derecho que Dios tiene para hacerlo, y su capacidad única constituye la condición de su derecho a gobernarlo.
Esto significa entonces que Dios no es un abusador, que nos gobierna sólo porque tiene poder para hacerlo. Hay una razón obligatoria para que El nos gobierne y para que nosotros lo obedezcamos. ¡Necesitamos a Dios, y no podemos estar sin El!
Cuando el gobierno se basa en cualquier otra cosa que no sea su necesidad para el bien de todos, los gobernantes ejercen su autoridad sin límites. Veamos el desfile de la historia. Reyes, generales, césares, prelados y emperadores marchan a través de sus páginas. ¿Cuántos de ellos gobernaron para el bien del pueblo? ¿Cuántos siguieron el principio de que su derecho a gobernar no iba más allá de la necesidad real que el pueblo tenía de ese gobierno?
Mientras usted trata de recordar algunos nombres, considere, por favor, el triste relato. Desde el antiguo Nimrod hasta las noticias de anoche, ¿que es lo que ve? Una larga fila de monarcas, tiranos y demagogos que gobernaron para lograr sus propios fines, basados en el poder y en la fuerza. Sólo de vez en cuando hallará un gobernante que haya estado dedicado al bien supremo del pueblo y que haya limitado su poder a las necesidades reales de la ciudadanía.
En contraste, observe ahora la majestuosidad del gobierno moral de Dios.
Ahora bien, es cierto que Dios es soberano. El no le pide permiso a nadie para gobernar su universo. Ni le pide a nadie consejo sobre como hacerlo. Sin embargo, la soberanía de Dios, aunque sea total, no es arbitraria. La autoridad de Dios y su deber de gobernar se basan en la necesidad de un gobierno moral y están condicionados a su capacidad única para gobernar.
Dios está cumpliendo su obligación moral de gobernar. Su soberanía es dirigida por su infinito amor y su infinita sabiduría. En todo lo que hace, Dios actúa según su propósito de lograr el sumo bien para nosotros y la suprema gloria para sí, mediante los medios mejores, más sabios y más justos que sean posibles. Verdaderamente, "Dios es amor" (1 Juan 4:8).
La sumisión amorosa a la soberana voluntad de Dios es el único curso moral de acción justificable para las criaturas racionales. El pecado es la forma más baja de traición que jamás se haya introducido en el universo: recordemos que todos los que se niegan a obedecer a Dios, están obrando directa y violentamente contra el bien del universo, de su comunidad, el de su familia, y su propio bien personal.
Capítulo 4 ¿En qué lugar cuadro yo?
A la mayoría de las personas no les agrada. Hacen cuanto sea posible para evadirla. La niegan. Se la atribuyen a alguna otra persona. Tratan de escaparse de ella, esparciéndola por toda la sociedad en forma colectiva. Las desafía; las hace sentirse incómodas, perturba el pequeño mundo que se han creado para sí mismas; interfiere con su estilo de vida.
¿De qué estamos hablando?
¡De la responsabilidad moral personal!
No es de extrañarse que muchas filosofías refinadas hayan llegado a ser tan populares. Hay una escuela filosófica que sostiene que el hombre es sólo una maquina. (¿y quién oyó jamás que una máquina sea moralmente responsable de algó?). Los partidarios de la asociación estímulo-respuesta, les echan toda la culpa a los estímulos recibidos del exterior ("la sociedad me obligó a hacerlo; mi ambiente social y físico me estimuló y tuve que responder en la forma en que lo hice").
Tal vez se le eche la culpa a la herencia ("son mis glándulas, ¿sabes?"); o a la influencia de los padres ("cuando yo era niño, mi madre me dominaba"). Otras veces, el argumento suena a teología ("eso se debe a mi naturaleza pecaminosa") o a religión ("fue el diablo el que me hizo hacerlo").
Cualquier pretexto que se le ocurra, alguien ya ha pensado en él antes.
Por supuesto, estas cosas influyen en nosotros o nos estimulan. Sin embargo, no nos obligan a hacer esto o aquello. La elección sigue siendo nuestra. No somos producto de estas influencias, a menos que decidamos serlo.
Somos más que una máquina o un animal. Nuestros pensamientos, sentimientos, actitudes, valores, esperanzas, gozos, tristezas y afectos no son tan sólo unos complejos procesos electroquímicos. Hay una parte espiritual de nuestro ser que sólo posee el hombre. Una de sus funciones es la facultad de hacer una elección autodeterminada e inteligente, en conformidad con la razón o en oposición a ella. Como estas decisiones son generadas por nosotros mismos, somos personalmente responsables de ellas. Estamos moralmente obligados a elegir inteligentemente en conformidad con la voluntad de Dios y con su Palabra.
LAS CONDICIONES DE LA OBLIGACIÓN MORAL
Hay varias formas de obligación: la obligación de elegir un fin supremo (meta) para la vida; la de elegir las condiciones necesarias para lograr este fin y la de hacer esfuerzos para lograrlo.19Un poco más adelante, hablaremos sobre el fundamento o base de la obligación moral. En este momento, exploremos las condiciones de la obligación moral, es decir, las dos condiciones para que la persona se halle bajo obligación moral.
Lo primero es ser un agente moral. La persona tiene que ser agente moral para tener obligaciones morales personales. ¿Qué necesita tener una persona para ser un agente moral?
Los atributos del agente moral son intelecto, sensibilidad y libre albedrío.El intelecto incluye . . . la razón, la conciencia y la autoconsciencia.
La sensibilidad es . . . el sentimiento.
El libre albedrío es . . . la facultad de elegir, o negarse a elegir, . . . de acuerdo con la obligación moral.
A menos que la voluntad sea libre, el hombre no tiene libertad; y si no tiene libertad, no es agente moral; es decir, es incapaz de realizar la acción moral y también de tener del carácter moral.20
De manera que la capacidad de ser agente moral es la primera condición para que exista obligación moral. Para ser capaz de tomar decisiones responsables, debo tener (1) un intelecto que funcione, (2) sentimientos que me digan que la felicidad es valiosa (bien sea mi propia felicidad, o la de otra persona), y (3) capacidad para elegir sin coerción. Estas tres condiciones me convierten en un agente moral.
No obstante, para que mis deciones puedan tener un carácter moral, necesito tener algo más:
La segunda condición para que haya obligación moral es el entendimiento, o sea, tanto conocimiento de nuestras relaciones morales como para que pueda desarrollarse la idea de obligatoriedad.21¿Qué significa esto? Simplemente, que tenemos que comprender lo que es valioso en sí mismo, y que debemos elegirlo por cuanto es intrínsecamente valioso.
Dicho esto en otros términos equivalentes, en el momento en que alguien comprende que la felicidad de Dios es supremamente valiosa, y que la felicidad de los demás es tan valiosa como la suya, en ese momento tiene entendimiento, luz. Entonces sabe para qué tiene que vivir, y por tanto, queda bajo obligación moral.
¿Obligación de hacer qué? De amar a Dios con todo su corazón, y a su prójimo como a sí mismo. En la medida en que aumente el conocimiento, aumenta también el entendimiento. Esto es, cuanto más entienda cómo agradar a Dios y hacer el bien a los demás, y cómo afectan sus palabras y obras a los demás en la vida práctica de cada día, tanto más entendimiento tendrá.
La obligación moral no puede ir más allá de nuestro conocimiento, pero va hasta dónde llega éste. Exige que vivamos en conformidad con todo el entendimiento que tenemos, y que obtengamos toda la luz que podamos.
El amor no puede hacer más, pero tampoco puede hacer menos. Nadie espera que una bombilla de 100 vatios brille como si tuviera más de 100 vatios, pero tampoco menos.
Entonces, cuando llegamos a estar conscientes del valor de aquello para lo cual debemos vivir, estamos conscientes de nuestra obligación moral personal y del desarrollo de un sentido de lo bueno y lo malo.
Los seres humanos distinguimos el bien del mal por cuanto conocemos los valores. Es decir, sabemos para qué debemos vivir, y también si estamos viviendo para ello o no.
Sin embargo, el punto de vista secular y materialista sobre el origen de la naturaleza del hombre ha hecho surgir la teoría de que éste, al igual que su ambiente físico, no tiene capacidad causativa ni libre albedrío. Considera que la conducta del hombre está determinada por fuerzas físicas y sociales que se hallan fuera de su control. Esta teoría es popular, por supuesto, por cuanto le concede al hombre moderno un escape racional con respecto a la responsabilidad moral en su conducta.
Pero no deja de ser una teoría. En la práctica, aun el más dogmático que es partidario de la teoría del behaviorismo se responsabiliza a sí mismo y a los demás por sus acciones. Si fuera consecuente y aplicara sus teorías a la práctica, la gente pondría en tela de juicio su sinceridad o su equilibrio mental.
LA AMPLITUD DE LA OBLIGACIÓN MORAL
Una vez establecidas las exigencias para que seamos moral y personalmente responsables, investiguemos de qué somos moralmente responsables. Es decir, ¿qué es lo que implica la obligación moral?
Comencemos eliminando aquellas cosas que no están directamente bajo la obligación moral.
La acción física en sí no es ni buena ni mala. Lo bueno o malo está en el motivo que nos llevó a mover nuestros músculos y nuestro cuerpo en determinada situación. Algunas acciones corporales son puramente reflejos. Detrás de ellas no hay ninguna elección deliberada, ni propósito alguno.
En el momento en que se hace la decisión en el corazón, se determina su carácter moral, bien sea que la persona tenga la oportunidad de llevarla a la práctica o no.
¿Cuándo se convierte un individuo en asesino? ¿Cuando mueve el gatillo, o cuándo toma la decisión de llevar a cabo el hecho? La respuesta es clara: la persona se hace culpable de asesinato en el momento en que toma la decisión (ver 1 Juan 3:15). Así lo enseño Jesús: "Pero yo os digo que cualquiera que mira a una mujer para codiciarla, ya adulteró con ella en su corazón" (Mateo 5:28).
Los sentimientos tampoco se hallan directamente bajo la obligación moral. No están directamente dentro de nuestra facultad de elección. Por esa razón, nuestra moralidad no depende de la manera como nos sentimos. Depende, sin embargo, de lo que hacemos con nuestros sentimientos (hablaremos acerca de esto más adelante).
Las dolencias mentales involuntarias y las acciones de ese mismo tipo tampoco están bajo obligación moral. Nadie es culpable de haber robado un banco por el solo hecho de que soño haberlo hecho. De igual manera, el que una persona sueñe que se hace cristiana, no la hace cristiana.
Las decisiones y acciones de las personas que no saben lo que están haciendo (los maniáticos, los bebés, los sonámbulos) no se hallan bajo responsabilidad moral. Las acciones de las personas que están en edad senil a menudo caen dentro de esta categoría.
Ahora viene la gran pregunta: ¿a qué se aplica directamente la responsabilidad moral?
La respuesta es sencilla: se aplica directamente a nuestros motivos finales, los que determinamos dentro de nosotros mismos personal y libremente y con conocimiento.
Ahora bien, todo agente moral que tenga cualquier grado de entendimiento, ha escogido un fin o propósito supremo, y vive para cumplirlo. Puesto que ha elegido ese motivo final, va eligiendo también los medios conocidos para lograr ese fin, y trabaja con eso medios.
Es cierto que podemos abandonar este fin y elegir el opuesto. Pero mientras escojamos realmente un fin en particular, no podemos negarnos deliberadamente a tratar de alcanzarlo. Elegir un fin es lo mismo que decidirnos a tratar de lograrlo por todos los medios disponibles. Negarse a ir en pos de la meta es lo mismo que abandonarla.
Así que, si realmente amamos a Dios, viviremos para El. Si nos negamos a obedecerle, es que no lo amamos.
Claro que pudiéramos experimentar ciertos sentimientos con respecto a El o hacia El. Pero éstos en sí son involuntarios y no tienen carácter moral. Nuestra moralidad no está determinada por lo que sentimos, sino por aquella cosa o aquella persona para la cual vivimos. Eso es todo.
Por ejemplo, supongamos que usted se encuentra con un amigo en el Aeropuerto Internacional O'Hare de Chicago y le dice:
--¡Hola, Miguel! Te estás alistando para otro vuelo en el DC-8, ¿eh? ¿A dónde vas está vez?
--¡Hola, Glen! Bueno, voy para Nueva York. Es muy importante que llegue cuanto antes.
--¿Para Nueva York? Y entonces, ¿por qué tu boleto es para Los Angeles?
--Bueno, Glen, lo que sucede realmente es lo siguiente: quiero ir a Nueva York. Es decir, que esa es mi meta. Allá es donde he decidido ir, y llegaré de algún modo. Pero ahora . . . ¡ay! dispénsame, Glen. Ya tengo que salir por la Puerta No. 3 para mi vuelo a Los Angeles. Te veré después.
De manera que Glen se aparta lentamente de allí, diciéndose: "Pobre Miguel. Está chiflado. Está realmente chiflado".
¿Cuál era la meta real de Miguel? Aquella para llegar a la cual estaba buscando medios, y no la que él decía tener. Creo que la idea queda clara.
Los hombres deben ser juzgados por sus motivos; esto es, por sus designios y sus intenciones. . . . Si un hombre intenta hacer el mal, aunque por casualidad nos haga el bien, no lo excusamos. . . . De la misma forma, si intenta hacernos el bien, y por casualidad nos hace el mal, no lo condenamos ni podemos hacerlo. . . . Tal vez podamos echarle la culpa por otras cosas relacionadas con el asunto. Tal vez haya acudido a ayudarnos demasiado tarde . . . pero por haber tenido una conducta sincera y, por supuesto, espontánea, y haber tratado de hacernos el bien, no es culpable. . . .La Biblia reconoce esta verdad. 'Porque si primero hay la voluntad dispuesta', [esto es, una voluntad o intención recta], será acepta (2 Corintios 8:12). Y además: 'Porque toda la ley en esta sola palabra se cumple: Amarás (Gálatas) 5:14). Si la intención es buena, o si hay una mente dispuesta, se acepta como obediencia. Si no hay una mente dispuesta, es decir, si no hay una intención recta, ningún acto externo es considerado como obediencia.22
En otras palabras, el motivo es lo que realmente vale delante de Dios. Si el corazón (motivo supremo) es verdaderamente recto, todo lo demás está correcto. Pero si el corazón (motivo supremo) está mal, todo lo demás está mal también.
¿Se acuerda de los fariseos? Jesús observó sus actividades religiosas, y luego las desechó todas diciendo: "Antes, hacen todas sus obras para ser vistos por los hombres . . ." (Mateo 23:5). Su motivo era egoísta, y por ello todas sus acciones religiosas lo eran también.
De hecho, en 1 Corintios 13:3 se nos informa que es posible entregar todos los bienes para darles de comer a los pobres, y entregar el cuerpo para que sea quemado, y todo eso reducirse a nada ante los ojos de Dios, si el motivo no es correcto.
¿Significa eso que "el fin justifica los medios"?
Sólo en el sentido de que el fin correcto garantice que todos los medios escogidos inteligentemente serán buenos. Si el amor es el que elige el fin, también será el que escoja los medios. El fin santifica los medios. Esto es, los medios tienen que ser consecuentes con el carácter del fin. Es moralmente imposible escoger deliberadamente y con conocimiento unos medios malos para lograr un buen fin, por la simple razón de que los medios malos destruyen los fines buenos. Nadie puede hacer esto a sabiendas.
Este es un punto fundamentalmente importante. No podemos dejar de entenderlo con claridad. Así que ilustremos todo el concepto de la siguiente manera:
(Dios o el Yo)
FIN SUPREMO
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MEDIOS
ACCIONES
Ejemplo: Un estudiante trabaja con el fin de obtener dinero para comprar libros, instruirse y predicar el Evangelio, para salvar almas y agradar a Dios. Otro trabaja con el fin de obtener dinero para comprar libros, instruirse y predicar el Evangelio, para asegurarse un salario y su propia comodidad y popularidad.
Ahora bien, los fines próximos, u objetivos inmediatos en estos dos casos son exactamente iguales, aunque los fines supremos o últimos sean enteramente opuestos. El fin primero o más cercano es el de obtener dinero. El siguiente es conseguir libros, y así los seguimos hasta saber cuál es su fin último. Entonces entendemos el carácter moral de lo que están haciendo. . . . El uno es egoísta, y el otro, benevolente.23Ahora bien, antes de poder elegir los medios y actuar inteligentemente, tenemos que escoger el fin. La elección del fin es lo que pone en movimiento a la acción moral. En efecto, se puede decir que la elección de un fin último o propósito en la vida es la gran acción moral. Todas las demás emanan de ella.
Tan pronto como el agente moral ha elegido la meta final o el fin, la voluntad abraza inmediatamente todos los medios conocidos para lograrlo, y genera acciones que estén en conformidad con él. Esto es inevitable. La elección de un objetivo supremo pone automáticamente al agente moral en movimiento hacia el logro de ese objetivo. Notemos por favor, que se dijo la elección de un objetivo supremo; no se trata del simple reconocimiento, la admiración o el deseo de ese objetivo.
Los sistemas fluviales son una buena ilustración. Cada gota de agua halla su camino hacia un riachuelo; cada riachuelo marcha hacia un arroyo más grande; cada arroyo va hacia un río tributario y el tributario entra en la corrienta del río principal. Finalmente, todo pasa por la boca del poderoso río hacia su fin o meta: el océano.
La elección se desarrolla en la misma forma. Toda elección inteligente y significativa contribuye directa o indirectamente al logro del fin último que se ha propuesto el agente moral.
Sólo hay dos fines últimos entre los cuales elegir. El uno es "el supremo bienestar de Dios y el universo"; es decir, Dios primero, y nuestro prójimo como nosotros mismos. El otro es el yo. No hay otra alternativa; no hay plano intermedio ni esquina neutral. Como objetos últimos, los dos se excluyen mutuamente; son antitéticos, antagónicos.
De modo que, si Jesucristo no está ocupando el primer lugar en su corazón, se debe a una sola razón: el yo ha usurpado el trono y está gobernando allí.
Todo esto es muy simple y evidente en sí mismo. La obligación moral se aplica directamente sólo a la elección o la motivación que son producto de un libre albedrío.
Si eso es cierto, y lo es, entonces la obligación moral se aplica indirectamente a todo aquello que es controlado de alguna manera por el libre albedrío; a todo aquello que es expresión o resultado del libre albedrío.
Por esta razón, la ley moral exige buenos pensamientos, buenas acciones y hasta buenos sentimientos. Eso es lo que produce un corazón recto en circunstancias normales.
Por otra parte, si los pensamientos, las acciones y aun los sentimientos que parecen ser buenos y justos proceden de un motivo final egoísta, no hay virtud real en ellos.
Los pecadores hacen externamente muchas cosas que exige la ley de Dios. A menos que la intención decida el carácter de estos hechos, tienen que ser considerados como realmente virtuosos. Pero cuando se halla que la intención es egoísta, entonces hay seguridad de que son pecaminosos. . . .La obligación moral se extiende entonces indirectamente a todo lo que nos rodea, y sobre lo cual la voluntad tenga control directo o indirecto.
Hablamos de los pensamientos, los sentimientos y las acciones como puros o impuros. Con esto, sin embargo, lo que todos los hombres quieren decir realmente es que el agente es puro o impuro, digno de alabanza o digno de culpa en sus hábitos y acciones, porque los consideran como procedentes del estado o actitud de la voluntad.24
El carácter del fin determina el carácter de los medios y de las acciones. Los medios y las acciones son buenos, sólo si el fin es bueno. El corazón, o motivo, es lo que vale delante de Dios. Esto se verá más claro y más signifacativo en la medida en que procedamos a aplicar este principio a la vida diaria.
Por ahora, lo importante es destacar que el carácter moral comienza con la elección del fin, y no con la elección de los medios ni de las acciones. No luchamos con nuestras propias fuerzas para actuar bien a fin de asegurar que haya ciertas condiciones y medios con la esperanza de alcanzar un buen fin.
¡Nunca! Eso es legalismo; obras. Comenzamos por el fin correcto. Esta es la decisión que está comprendida en el verdadero arrepentimiento. Es la elección de la fe salvadora.
Por la fe, aceptamos a Jesucristo como nuestro Salvador personal y Señor. Luego, de este compromiso de fe fluye por amor una vida entera de decisiones alegres y bien dispuestas a hacer lo que le agrada a El y lo que promueve el supremo bien.
Esta es "la fe que obra por el amor" (Gálatas 5:6).
Capítulo 5 ¿Para qué vale la pena vivir en realidad?
Los cristianos genuinos están motivados por los más altos valores posibles. El amor a Dios y a los demás demanda la plena entrega de todo su ser y los motiva al desarrollo y al empleo de todo su potencial. La más alta felicidad para Dios y el mayor bien para toda la humanidad: estos son los valores para los cuales vale le pena vivir. Estos son los valores que buscan todos los verdaderos creyentes en Cristo, y que constituyen la base de toda la moralidad.
Pero hay mucho de lo que se llama "religión" y "moralidad" que realmente no se reduce a otra cosa que a atajos; son desvíos que conducen hacia atrás, para desembocar finalmente en el yo. Sólo son sistemas de deberes religiosos, esfuerzos agotadores para hace "lo bueno", o para obedecer las normas de la iglesia, para aumentar nuestro "crédito" moral.
Tales sistemas son cortocircuitos, y la religión de cortocircuito deja a la persona en la oscuridad.
En este capítulo examinaremos la verdadera base o fundamento de la obligación moral. Para cada uno de nosotros es de vital importancia entender claramente a qué metas nos exige que apuntemos la ley moral, y cuál ha de ser nuestra gran meta final o valor definitivo en la vida.
Examinemos primero algunos errores en los cuales caen muchas personas. Después, pasaremos a definir el verdadero fundamento de la obligación moral.
Habrá notado que Finney utiliza frecuentemente la palabra "intrínseco". Intrínseco significa "en sí mismo, dentro de sí". De modo que algo que sea intrínsecamente valioso, es valioso en sí mismo. No es valioso porque sea escaso ni porque tenga demanda, sino porque tiene un valor que se halla dentro de su propia naturaleza.
También habrá notado que Finney utiliza la palabra "intención". Sin embargo, no usa esa palabra en el sentido popular de cuando hablamos de buenas intenciones, ni en el sentido que tiene la expresión: "Tengo la intención de hacerlo algún día". Más bien, utiliza esta palabra con el sentido de una elección actual, presente e inmediata. Debemos tener en cuenta esta definición.
Ahora, leamos lo que dice Finney acerca del fundamento de la obligación moral:La base de la obligación, por lo tanto, es aquella razón o consideración intrínseca en un objeto, o que pertenece a la naturaleza del mismo, que necesita la afirmación racional de que debe ser escogido por sí mismo.
El bienestar de Dios y del universo. . . es intrínsecamente importante o valioso, y todos los agentes morales están en la obligación de elegirlo por sí mismo. La consagración total, universal e ininterrumpida a este fin. . . es el deber de todos los agentes morales.
El fin último de Dios en todo lo que hace u omite es el supremo bienestar propio y del universo. . . . Todos los agentes morales deben tener el mismo fin, y éste comprende todo su deber.
Así, se hace evidente por sí mismo que la moralidad pertenece a la intención final, y que le carácter de un hombre es igual al fin para el cual vive, se mueve y existe.
Procedamos a examinar las diversas teorías conflictivas sobre las bases de la obligación moral.
1. LA VOLUNTAD DE DIOS COMO LA BASE DE LA OBLIGACIÓN
Consideraré primero la teoría de aquellos que sostienen que. . . la soberana voluntad de Dios no sólo revela e impone la obligación, sino que también la crea. A esto respondo:
¿Obligación de hacer qué? Bueno, de amar a Dios y a nuestro prójimo. . . . ¿Es la voluntad de Dios la que crea esta obligación? ¿No estuviéramos bajo tal obligación si El no lo hubiera ordenado? ¿Debemos querer este bien, no por el propio valor que tiene para Dios y para nuestro prójimo, sino porque Dios nos lo ordena?
Si es cierto que la voluntad de Dios crea por sí misma la obligación, y no sólo la revela, entonces esa voluntad, y no el interés ni el bienestar de Dios, es la que debe ser elegida en consideración a ella misma, y debe ser el gran fin de la vida.
La razón en realidad, nos confirma que debemos querer aquello que Dios nos ordena, pero no considera su voluntad, ni puede considerarla como el fundamento de la obligación. . . . Dios me exige que trabaje y ore por la salvación de las almas. . . . Ahora bien, yo considero necesariamente su mandamiento como obligatorio; no como una exigencia arbitraria, sino como un mandamiento que revela infaliblemente los verdaderos medios y condiciones para lograr el fin grande y último, que debo desear por su propio valor intrínseco.25
La voluntad de Dios es siempre que lo amemos a El por encima de todo, y a los demás como a nosotros mismos, basados en el valor de su supremo bien y del bien de los demás.
Sin embargo, cuando una persona llega a convencerse de que la voluntad de Dios es un fin en sí misma, y no un medio para llegar al fin, el resultado es el fanatismo. Cualquier código de ética basado en esta premisa, llega a desprenderse completamente de los valores reales y prácticos.
Las Cruzadas nos ofrecen en ejemplo clásico. Tan pronto como se convencieron de que era la voluntad de Dios "rescatar el santo sepulcro", los cruzados sintieron que estaba perfectamente justificado matar a cualquiera que se les atravesara en el camino. Otro ejemplo es el fatalismo musulmán. La declaración: Alá lo quiere", llega a ser una excusa para toda clase de males y necedades.
La voluntad de Dios no es en sí misma un fin al cual todos los intereses, humanos y divinos, deban ser sacrificados. Más bien, la voluntad de Dios debe ser comprendida siempre como el curso de acción cuyo resultado es el supremo bien práctico para Dios y para el hombre, y por esa razón es la voluntad de Dios.
De modo que, las personas que se esfuerzan por "hacer la voluntad de Dios" sin tener un amor real hacia El y hacia los demás, engañan. En realidad, sólo están tratando de conseguir una razón moral para la gratificación de sus pasiones y ambiciones. No toman en consideración en realidad el bien que hacer de verdad la voluntad de Dios significaría para El y para los demás.
2. LA TEORÍA DEL INTERES PROPIO, PROPUESTA POR PALEYEstá teoría . . . considera que el interés propio es la base de la obligación moral. Sobre esta teoría, observo lo siguiente:
Si el interés propio fuera la base de la obligación moral, . . . para ser virtuoso, tengo que intentar en todo caso que mi propio interés sea el supremo bien.
Según esta hipótesis, debo considerar supremamente valioso mi propio interés siendo así que es infinitamente menos valioso que los intereses de Dios.
Con esto basta; no podemos dejar de comprender que esta filosofía es egoísta, y que es precisamente lo opuesto a la verdad de Dios.26
Sí, ciertamente; esta es una filosofía popular hoy. Es la que afirma que hay que "vivir y dejar vivir". Lo oímos cada vez que alguien nos dice: "Yo simplemente dejo a los demás en paz y me ocupo de mis propios asuntos. No me meto con ellos, y ellos no se meten conmigo."
Lo que quieren decir es lo siguiente: "Yo vivo para mí mismo, y tú vives para ti mismo; tratemos de no interferir el uno en el camino del otro".
Cada cual se preocupa sólo por sí mismo y por lo que en alguna forma esté relacionado con él mismo.
En eso no hay amor.
3. LA FILOSOFÍA UTILITARISTAEsta sostiene . . . que la tendencia de un acto, decisión o intento por lograr un fin bueno o valioso es el fundamento de la obligación de tomar esa decisión o intención. Sobre esta teoría, digo lo siguiente:
La tendencia es valiosa, o no lo es; al igual que el fin es valioso, o no lo es.
Una decisión es obligatoria porque tiende a asegurar el bien. ¿Pero por qué asegurar el bien y no el mal? La respuesta es la siguiente: Porque el bien es valioso. ¡Ah! Entonces tenemos aquí otra razón, la razón que tiene que ser cierta; es decir, el valor del bien que la elección tiende a asegurar.
La obligación de usar medios puede y tiene que estar condicionada a la tendencia percibida, pero nunca ha de estar fundada en esta tendencia. . . . El fin tiene que ser intrínsecamente valioso, y sólo es esto lo que impone la obligación de elegir ese fin y de usar los medios para promoverlo.27
La filosofía utilitaria es el molino de las "buenas obras". Siempre está acumulando "créditos" morales. ¿Ha hecho la buena obra del día de hoy? ¡No deje que se hunda su propia imagen!
4. LA TEORÍA DEL BIEN COMO FUNDAMENTO DE LA OBLIGACIÓNLa ley de Dios no nos exige, ni puede exigirnos, que amemos al bien más que a Dios y a nuestro prójimo. ¡Que! ¿Hay algún bien de mayor valor que el supremo bienestar de Dios y del universo? ¡Imposible!
Cuando oramos, predicamos o conversamos, ¿tenemos que apuntar hacia el bien? ¿Ha de ser el amor a lo recto lo que nos mueva, y no el amor a Dios y a las almas? . . . ¿Entregó Dios a su Hijo para que muriera por el bien, por amor al bien, o para que muriera . . . por amor a . . . las almas?
La filosofía que considera constantemente al bien como fundamento de la obligación, es una filosofía sin Dios, sin Cristo y sin amor. 'Haz el bien por amor al bien mismo. . . .' Ahora bien, cuando adopta este principio, la mente . . . descubre que Dios y el ser existen y le parece recto intentar el bien de ellos. . . . ¿Pero . . . debemos querer el bienestar de ellos como fin, y por amor al mismo fin, o sólo porque es bueno? Si queremos ese bienestar por su propio bien, entonces, ¿dónde queda lo máximo: 'Desea el bien por amor al bien mismo'?28
Este sistema es lo opuesto al utilitarismo. Aquí es donde millones de personas se engañan. Se esfuerzan por hacer lo "bueno", pensando que ésa es la verdadera religión y la verdadera moralidad.
No obstante, cuando les pedimos que rindan su corazón a Dios, ¿qué responden?
"Bueno, yo trato de hacer el bien. Pago mis deudas. Hago lo posible por tratar bien a mi familia y a mi prójimo. Trato de llevar una vida pura y buena".
Siempre están tratando de buscar algo que los haga sentirse "buenos", y entretanto, el yo está entronizado en su corazón. Ni una vez son motivados por un amor verdadero a Dios y a la humanidad. Simplemente luchan por ser "buenos". Y cuando se sienten "buenos", a menudo se complacen en juzgar a los demás. Eso los hace sentirse justos, y refuerza su propia imagen moral. El mundo los califica como "buenos", y la iglesia a menudo los acepta como cristianos. ¡Almas ilusas!
5. LAS TENDENCIAS PRACTICAS DE LAS DIVERSAS TEORÍASComenzaré con la teoría que considera la voluntad soberana de Dios como fundamento de la obligación moral. El resultado lógico y necesario de esta teoría es una concepción totalmente errónea tanto de la personalidad de Dios como de la naturaleza y el designio de su gobierno. Si la voluntad de Dios es el fundamento de la obligación moral, se deduce que El es un soberano arbitrario. . . . Pero si su voluntad está bajo la ley de su razón, . . . entonces no es esa voluntad el fundamento de la obligación moral, sino aquellas razones son reveladas por la inteligencia divina. . .
Hay base para la perfecta confianza, el amor y la sumisión a su divina voluntad en todas las cosas. . . . Su voluntad es ley . . . en el sentido de que es una revelación, tanto del fin que debemos buscar como de los medios por los cuales puede lograrse ese fin.
Ahora le daré un vistazo a los resultados legítimos de la teoría de la escuela egoísta.
Tiende directa e inevitablemente a la confirmación y al despotismo del pecado en el alma. Todo pecado . . . se resuelve en un espíritu de búsqueda de lo propio. . . . Esta filosofía presenta este espíritu como una virtud, y sólo exige que, en nuestro esfuerzo por buscar nuestra propia felicidad, no interfiramos en los derechos de los demás, que también buscan la suya . . . . ¿Qué? No necesito preocuparme positivamente por la felicidad de mi prójimo; . . . sin embargo, debo tener el cuidado de no obstaculizarla. ¿Por qué? Porque intrínsecamente, es tan valiosa como la mía.
Consecuencias prácticas y tendencias de la filosofía que señala el bien como base de la obligación.
Teniendo . . . en mente una ley del bien como algo distinto a la benevolencia, y tal vez opuesto a ella, ¿a qué conducta espantosa no pudiera conducirnos esta filosofía? En realidad, ésta es la ley del fanatismo.
Pone a los hombres a buscar una abstracción filosófica como fin supremo de la vida, en vez de perseguir la realidad concreta del supremo bienestar de Dios y del universo.
Finalmente, llego a la consideración de los resultados prácticos de la que yo considero que es la verdadera teoría sobre el fundamento de la obligación moral; es decir, que la naturaleza intrínseca y el valor del bien supremo de Dios y del universo constituyen el único fundamento de esa obligación moral.
Si esto es cierto, todo el tema de la obligación moral es perfectamente sencillo e inteligible.
Todo agente moral sabe, en todos los casos posibles, lo que es bueno, y nunca puede equivocarse con respecto a su deber real.
Su deber es querer este fin, con todas las condiciones y los medios conocidos para lograrlo.
Multitudes de personas que profesan ser cristianas parecen no tener idea de que la benevolencia constituye la verdadera religión; de que ninguna otra cosa la constituye. Tampoco parecen saber que el egoísmo es pecado, y que es completamente incompatible con la religión. Continúan viviendo para complacerse a sí mismas y sueñan con el cielo.29
Ningún código de conducta o sistema de ética que deje el alma bajo el control del egoísmo es moralidad auténtica. Ningún credo que no quebrante el poder del egoísmo en el corazón es verdadera religión.
Jesús dijo: "Y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres" (Juan 8:32). Si la religión de una persona no quebranta las cadenas del pecado en su corazón, no puede ser la verdad, porque la verdad siempre libera al alma del poder del pecado.
Consideremos dos ilustraciones que deben ayudarnos a clarificar este punto. He aquí la primera:
EL YO
LA VOLUNTAD DE DIOS ("Religión" sin amor)
LA UTILIDAD (obras)
EL BIEN Y EL DEBER (La llamada "moralidad" o "principios") Al comienzo de este capítulo, afirmaba que mucha de la llamada "religión" y "moralidad" no pasa de ser otra cosa que atajos, desvíos que finalmente conducen de regreso hacia el yo. Confío que ya tenga una idea mejor en cuanto al porqué. El verdadero fundamento o razón de la obligación moral es la felicidad suprema de Dios y de su creación. La felicidad de Dios es supremamente valiosa; por tanto, estamos moralmente obligados a colocarla en primer lugar en nuestro sistema personal de valores. Vivir en primer lugar para cualquier otra casa, es no vivir para Dios primero; es colocar algo que tiene una relación final con el yo por delante de Dios; eso es pecado.
¿Qué se debe decir con respecto al individuo "religioso" que tiene en cuenta la voluntad de Dios sólo por temor a las consecuencias, pero no por amor a Dios? Sólo puede haber una respuesta: en su corazón, ese individuo es un hipócrita. No quiere ofender a Dios, porque quiere que Dios haga muchas cosas a favor de él. Quiere sentir que Dios está a su lado. Pero no tiene el amor de Dios en sí. Servir a Dios sólo por razones egoístas, tiene que ser terriblemente tedioso. Para el que no ama a Jesús, ser religioso es un trabajo rutinario y aburrido.
Lo mismo es cierto con respecto a los utilitaristas, esas personas que siempre están ocupadas en hacer "el bien" y promover "la causa". Su "moralidad" consiste en la cantidad, y no en la calidad. Se esfuerzan por lograr altas cuotas; una productividad mayor. Están siempre ocupadas en las buenas causas, siempre "comprometidas en el servicio". Eso les es "muy satisfactorio" y las hace sentirse bien.
Sin embargo, si les preguntamos por qué son tan activas, se ponen intranquilas, y a menudo se colocan a la defensiva, porque en sus corazones saben que no están motivadas por un amor verdadero a Dios y al hombre.
Jesús digo: "Muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros? Y entonces les declararé: Nunca